A falta de explicaciones oficiales sobre el volantazo que supone el diálogo bilateral con Irán por la causa AMIA, vale recurrir al vector más claro de la política exterior K: la búsqueda desesperada de energía.
Por Sergio Serrichio –
«Esperamos que la República Islámica de Irán acepte y respete la jurisdicción de la Justicia argentina y colabore eficazmente con los jueces argentinos para lograr el sometimiento a juicio de las personas imputadas en aquellos hechos. Quiero dejar sentado aquí, en la sede de las Naciones Unidas y ante el resto de los países del mundo, que hasta hoy, lamentablemente, la República Islámica de Irán no ha brindado toda la colaboración requerida por la Justicia argentina para el esclarecimiento de los hechos».
El orador apeló luego al secretario general de la ONU, Ban-Ki-moon, y a la comunidad internacional, para que «intercedan ante Irán para que dé trámite a la rogatoria judicial». Se trata, dijo, de que ese país colabore en la aplicación de las normas del derecho internacional para arribar a la verdad. Y enfatizó: «Nada más, pero tampoco nada menos».
La primera dama, senadora y candidata presidencial, Cristina Fernández de Kirchner, el canciller Jorge Taiana, el secretario Legal y Técnico de la presidencia de la Nación, Carlos Zannini, y los ministros Daniel Filmus (Educación) y Carlos Tomada (Trabajo), asintieron y aplaudieron las palabras del entonces presidente Néstor Kirchner.
Fue en setiembre de 2007, en la que sería la última intervención del entonces presidente ante la Asamblea General de la ONU, un foro en el que los Kirchner (primero Néstor, luego Cristina) han mantenido asistencia perfecta.
¡Qué lástima, entonces que, en su paso por la universidad de Harvard, a la Presidenta los estudiantes no le preguntaran por qué cambió tan radicalmente la posición argentina y pasó de denunciar a Irán ante el principal foro mundial a iniciar un diálogo bilateral a fin de encontrar, y juzgar en un tercer país, a los «verdaderos responsables» (textual de un comunicado iraní) del atentado terrorista a la AMIA que, en 1994, dejó un saldo de 85 muertos y más de 300 heridos.
En 2005, en base a las investigaciones de Alberto Nisman, un fiscal designado por el kirchnerismo, el juez Rodolfo Canicoba Corral pidió a Interpol la captura de siete ciudadanos iraníes, entre ellos el ex agregado cultural de Irán en Buenos Aires, Moshen Rabbani, y del ex embajador, Hadi Soleimanpour. Peor aún: según Nisman y Canicoba, la decisión de cometer el atentado fue tomada en una reunión en la que participó el entonces presidente de Irán, Alí Rafsanjani.
Rafsanjani es ahora el principal opositor al ultraconservadurismo religioso y cultural del régimen de Mahmoud Ahmandinejad, un negador serial del holocausto y partidario de la desaparición del Estado de Israel, y a su populismo económico, que ha derivado en una severa crisis interna, agravada por su aislamiento internacional. En ese contexto, el régimen iraní recientemente condenó a seis meses de prisión a la hija de Rafsanjani.
No se trata de dilucidar las complejidades internas de Irán (empresa que excede largamente a esta columna), ni de defender la solidez de la investigación de la Justicia argentina (tan plagada de marchas y contramarchas como falta de evidencias), pero sí de advertir el brutal volantazo que decidió la Presidenta, sin dar ninguna explicación.
En Harvard, al menos, podían preguntarle: CFK dio pie para ello cuando en su discurso introductorio dijo que la Argentina y Estados Unidos eran «los únicos dos países que sufrimos atentados terroristas en nuestros propios territorios» y, un día antes, cuando en la ONU anunció al mundo su decisión de iniciar un diálogo bilateral con Irán respecto del caso AMIA.
La probabilidad de hacer justicia en semejante contexto es cercana a cero, y el riesgo es inmenso: desde un intento iraní de ajustar cuentas internas con Rafsanjani hasta la tesis del «auto-atentado» israelí.
Dado que ni la Presidenta ni el canciller Héctor Timerman ni ningún otro funcionario explicaron el por qué de este giro, cabe buscar la motivación, al menos como hipótesis, del lado de la economía. Irán, al igual que Venezuela, Angola, Azerbaiján y otros focos de la diplomacia kirchnerista (si así puede llamarse a una política que tiene entre sus principales ejecutores al secretario de Comercio, Guillermo Moreno) es un país abundante en petróleo y escaso en amigos. Al «modelo» kirchnerista, en tanto, le escasea el combustible lo que, a su vez, contribuye a chupar (este año, las compras energéticas rondarán los 12.000 millones de dólares) esas divisas que la Presidenta tanto cuida, aunque deteste la palabra «cepo».
Por eso, los funcionarios K ven con mucho entusiasmo el comercio bilateral con Irán (que deja un fuerte superávit a la Argentina) y la posibilidad de hacerlo crecer aún más. A diferencia de Angola, Azerbaiján o Qatar, con los que el gobierno también fantaseó esquemas de «combustibles por alimentos», Irán tiene casi 80 millones de habitantes.
La búsqueda de combustible y soluciones energéticas es el principal vector de la política exterior del kirchnerismo. En su paso por Nueva York, por caso, la presidenta recibió al CEO mundial de ExxonMobil, Rex Tillerson, junto a Miguel Galuccio, el presidente de YPF, que concluyó allí una gira mundial en busca de interesados en invertir en la Argentina.
Mientras, el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, anduvo por China y Rusia, en busca de inversores para las centrales hidroeléctricas «Néstor Kirchner» y «Jorge Cepernic», a construirse en Santa Cruz. Además, De Vido interesó a chinos y rusos en Atucha III, esto es, la construcción, a partir de 2014, de la cuarta central nuclear argentina.
Antes de avanzar en ese proyecto, De Vido debería asegurar, al menos, que empiece a funcionar Atucha II. «Inaugurada» en setiembre de 2011 por CFK en un acto previo a las elecciones presidenciales, Atucha II aún no entró en funcionamiento y está en duda incluso si lo hará en 2013.
Poco después de esa «inauguración», un estudio de la fundación alemana Heinrich Böll y los grupos Taller Ecológico y Conosur Sustentable precisó que Atucha II es la central nuclear que más tiempo ha tardado en construirse (fue proyectada en la década del 70, con tecnología previa no sólo al desastre nuclear de 2011 en Fukushima, Japón, sino también a los de Three Mile Island, de 1979 en EEUU, y de Chernobyl, de 1986, en Ucrania) y la más cara del mundo en el costo por unidad de energía a generar (si es que, finalmente, entra en operaciones): 9.290 por KWe contra 5.000 de promedio mundial. Y eso, aclara el estudio, sin contar las reformas y puesta en funcionamiento de la central en los próximos dos años ni los gastos de mantenimiento y operatividad.
Pero, a no preocuparse, las relaciones con Venezuela, Angola, Azerbaiján, los negocios con China y Rusia, los guiños a multinacionales como Exxon y Chevron, el acercamiento con Irán, ya nos proveerán energía. El kirchnerismo dará volantazos, pero va siempre para adelante. Aunque no se sepa a dónde.
¿Adónde irán?
04/Oct/2012
Los Andes (Mendoza), Sergio Serrichio